Esto de estar en un programa interdisciplinario en algunas ocasiones hay que llevarlo hasta las últimas consecuencias. La semana pasada estuve en un congreso de la Asociación de Hispanistas de Gran Bretaña e Irlanda (no se fijen mucho en la página, lo suyo es los estudios literarios y culturales, no el diseño en web). El primer día me sentí completamente perdido, no sólo porque no entendía qué hacía ahí sino porque, como en todo congreso, los grupos, alianzas, camaraderías y amistades estaban claras y venían de tiempo, un comunicólogo-sociólogo no parecía encajar mucho. Las primeras tres ponencias a las que asistí planteaban un análisis, como decirlo… casi lúdico de la representación de América Latina en obras literarias, cinematográficas y la prensa. Me sentía “lost in translation” y lo que me detona recordarlo es la necesidad de una verdadera interdisciplinariedad, es decir, de la posibilidad de tener conversaciones enriquecedoras con colegas que provienen de otras disciplinas. En fin, que angustiado estaba hasta que me topé con unos colegas geniales que me hicieron pasar un rato agradable en un pub local (no hay nada como Inglaterra para una buena pinta “sin humo”). Al otro día las cosas fueron mucho mejor de lo que pensaba, llegaron mis “anfitrionas”, dos profesoras majísimas (muy queridas dirían en Colombia), inteligentes y con un ansia de abrir nuevos frentes para la investigación hispanista en el “ciberespacio”: Claire Taylor, Thea Pitman y Tori Holmes. Pude comprar el libro que editaron: Latin American Cyberculture and Cyberliterature, que aunque se perfila desde un punto de vista distinto al que hemos venido trabajando, creo que es una referencia interesante.
La sesión, sobre Cibercultura Latinoamericana, se convirtió en una discusión por demás interesante y en un intercambio de buenas intenciones y posibilidades de proyectos futuros lo cual me dio mucho gusto. Yo presenté un rollito sobre los fotologs, el cuerpo y la práctica de autorrepresentación en Internet que creo resultó interesante a los asistentes (a juzgar por los 45 minutos de preguntas). En fin, que la nieve, las pintas, las madrugadas buscando quién tenía el café, la surrealista compañía y la ciudad acerera de Yorkshire, fueron un cúmulo de gratas sorpresas que, quien sabe, quizá traigan futuros prometedores.







